Manuel sostiene un bebé, mientras varios voluntarios preparan los macarrones del domingo

Manuel sostiene un bebé, mientras varios voluntarios preparan los macarrones del domingo. Foto: Victoriano Izquierdo

No es la última propuesta gastronómica sino una de las recetas más sencillas y exitosas de la cocina popular. A quién no le gustan los macarrones con carne y tomate. Mucho más ricos si los guisas con ese amor con que las madres presumen de condimentar sus manjares.

Una fórmula redonda cuyo fin no es solo acabar en el estómago. Porque la pasta que preparan Paula y Manuel, El Macarrón Solidario, con su equipo de macarronianos, cada domingo en Valencia desde hace tres años alimenta el alma de quienes la comen.

Cuando vives en la calle llega un momento que dejas de existir, no le importas a nadie y te vuelves transparente. Saber que alguien se dirige a ti por tu nombre, se interesa por cómo estás, piensa en ti y te prepara un plato de macarrones cada fin de semana, hace que te sientas persona. Por muy pequeña que sea tu iniciativa, siempre habrá alguien para quien tendrá sentido.

Paula Antúnez tuvo que venir a España desde Argentina hace ya 10 años, empujada por el ‘corralito’, para encontrarse con Manuel Díaz Iborra, un almanseño, que vivía en Valencia. Paula buscaba casa justo cuando la visita del Papa había disparado los alquileres. Manuel le ofreció la suya y desde aquel día no se han separado. Les une, además de un amor evidente, el empeño por ayudar a quien lo necesita.

Paula, durante la entrevista. Foto: Victoriano Izquierdo

Paula, durante la entrevista. Foto: Victoriano Izquierdo

Pregunta. ¿Cuéntame que pasó aquel sábado de noviembre de 2008 que os cambió la vida?

Paula. Los dos hijos del primer matrimonio de Manuel, Álvaro y Manu, que ahora tiene 19 y 16 años, viven con su madre a siete calles de aquí. Siempre que íbamos a verles pasábamos por unas casas abandonadas y veíamos a gente que entraba y salía de ellas.

Manuel decía ‘un día me gustaría hacerles una paella y que coman’. Le encanta cocinar paella, y a sus hijos les gusta mucho la paella que hace con la receta de la abuela. Un día, a punto de apagar el fuego, llaman los chicos y dicen que al final no pueden venir. Él se quedó aplastado, se le caía la cara y pensé ¿qué hago para animarle? Así que le dije, es la oportunidad de hacer lo que siempre quisimos.

Metimos la paella en un tupper y nos bajamos hasta el río. Había unos chicos en un banco y Manuel se acercó y dijo ¿ya comieron? Y contestaron que no. Seguimos llevándoles un plato caliente todos los fines de semana, aunque tuvimos que sustituir la paella por macarrones porque son más económicos y cunden más.

Pregunta. En el blog documentáis hasta el más mínimo detalle. Seguirlo es casi como estar con vosotros en la cocina.

Paula. El blog nació cuando nos dimos cuenta que necesitamos que algunos proveedores nos dieran producto porque resultaba muy caro asumir el coste. La idea era que vieran en que empleábamos el tomate o la pasta. Manuel se ocupa más del blog y yo de Facebook, twitter, del correo electrónico, de los comentarios del blog y de hacer las fotos.

Manuel, Paula y  los voluntarios del "Macarrón Solidario". Foto: Victoriano Izquierdo

Manuel, Paula y los voluntarios del "Macarrón Solidario". Foto: Victoriano Izquierdo

Pregunta. La intendencia que requiere cocinar para una media de 80 personas ¿es complicada?

Manuel. Empezamos a cocinar usando los cuatro fuegos de la cocina. Cuando tuvimos un poco de dinero compramos un quemador. Nunca nos sobraron los recursos, al principio dábamos macarrones a 30 personas pero se corrió la voz y se fueron sumando más. Si están en la calle, con frío o calor buscando ganar una monedita, es que lo necesitan.

Pregunta. El Macarrón se nutre de la solidaridad del boca oreja ¿es la cadena perfecta?

Manuel. El sazonador, que le da la gracia a  los macarrones, nos lo regala el fabricante ‘Carmencita’. El tomate, antes nos lo proporcionaba Orlando y nos lo traía a casa con el camión de reparto pero con la crisis tendríamos que ir nosotros a recogerlo a Alfaro, un pueblo de La Rioja, y nos sale muy caro. La olla nos la mandó un matrimonio propietario de una empresa de hostelería. Valía ochenta y pico euros.

Con pastas Gallo nos pasó como con el tomate, nos la dejaban gratis pero resultaba más económico comprarla que ir a buscarla. La panadera del barrio nos guarda el pan y la bollería que sobra a diario, lo congela y el sábado nos lo entrega. Las bandejitas de plástico en las que servimos los macarrones nos las facilita una empresa fabricante de Guipúzcoa, que una amiga norteamericana almacena en su garaje. Con los 2.800 euros del premio Barclays que nos acaban de dar queremos hablar con los productores directamente. No nos podemos quejar porque nunca nos ha faltado. Si un día no hay algún producto, alguien lo trae, porque no podemos con tanto gasto.

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Victoriano, el fotógrafo, y yo les acompañamos un domingo. Al final, faltaron raciones -nunca sabes cuantas personas estarán esperando,  y los dos deseamos poder sacar más macarrones de debajo de las piedras. Sentimos la frustración de no poder dar un plato más. Y entendimos lo duro que debe ser quedarse sin comer.

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Pregunta. ¿Genera impotencia pensar que te gustaría ayudarles más?

Manuel. Paula a veces no puede bajar. Yo sé hasta donde llegamos, pero a ella le supera.

Paula. Me pasa que en invierno les miras a las manos y sabes que lo están pasando mal, y yo pienso que les doy la comida y me vuelvo a mi casa calentita… me echo a llorar y no es plan que lo vean. Cuando llegué a España aterricé en La Coruña, las cosas no salieron como estaba previsto y estuve un mes viviendo en la calle.

Dejas de sentirte persona. Te sientas en la parada del autobús y ves que la gente pasa con sus coches y tú estás ahí y eres transparente. Algunos llevan ya cinco o seis años y no puedo ayudarles a salir de ahí. Pero luego vuelvo otra vez a mi historia de la estrella de mar, que para eso la tengo en el blog, y pienso que por lo menos para ellos algo tiene sentido, darles el plato de macarrones, preguntarles como están. Si a mí ese mes en Coruña alguien se hubiese acercado a preguntarme cómo me llamo, algo, igual  hubiera sido distinto.

Pregunta. No os sobra mucho tiempo entre el trabajo en el banco de Manuel y las clases de diseño web de Paula, ¿Compensa la implicación?

Paula. Yo doy una vez a la semana pero recibo para los siete días. Me ha procurado muchos amigos, que me quieren y me valoran. Y estoy haciendo cosas que jamás pensé que pudiera hacer. Este verano lance la propuesta de lograr unas minivacaciones para los hijos de Fanta, aunque fuera que visitaran un parque de atracciones. Me da la vida poder hacer algo por los demás.

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En el parque en el que reparten los macarrones, charlo con Teresa y Enrique, dos habituales a los macarrones de los domingos. Viven en la calle y los macarronianos les consideran los abuelos. Sentados en un banco degustan su ración.

Los inviernos son muy largos y es un detalle que se acuerden de nosotros. Además cocinan rico y nos los traen calientes-  dice Teresa.

Enrique se declara “más que agradecido. No sé como expresarlo pero me siento muy bien”.